Las piedras que recogía al amanecer eran pesadas pero necesarias y útiles para la inmersión. Las metía dentro de una red y la ataba con una cuerda a uno de sus tobillos. Formaban parte importante del trabajo, porque le permitían bajar más rápido y así permanecer más tiempo sumergida. Un lastre. Como los problemas, a nadie le gusta recogerlos, pero ahí están, con su pesado sentido, aprender algo de ellos. Lo mejor de todo era cuando ya habían hecho su función y las soltaba, les daba las gracias, cortaba la cuerda que la unía a ellas y se sentía liberada. Salía disparada, ZAS!, hacia la superficie y respiraba por fin un aire que parecía nuevo.